Con
un leve suspiro se estira y aletea,
sintiendo el tibio mar que la mece con
suave ritmo. Lentamente lo va amando, ahora puede tender sus brazos y oscilar,
lo encuentra acogedor, pegajoso, salado y dulce a la vez.
En la
oscuridad percibe gaseosos gorgoteos
y corrientes líquidas; sonríe, es tan
hermoso ese mar. Pronto abre los ojos y distingue una luminosidad rosada, que
conmemorará en cada aurora.
Tramas y pliegue forman un húmedo y mullido nido, ese bienestar tan profundo que
perennemente aspirará recrear.
De pronto
el mar se contrae, ya no hay espacio, la hunden, empujan, ahogan, toda ternura
se ha disipado. Solo ve el túnel y la luz al final, la echan, expulsan,
desalojan, ¡el mar desapareció! y solo se escucha: “Es niña, es niña”.
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